HOMENAJE A BENITO JUÁREZ, BENEMÈRITO DE NUESTRA AMÉRICA, EN EL BICENTENARIO DE SU NACIMIENTO


“MÉXICO Y ECUADOR, DOS LUCHAS PARALELAS EN DEFENSA DE LA SOBERANIA NACIONAL


  Es sabido que los países hispanoamericanos venimos de una historia común, que comenzó en la época de las culturas precolombinas, se desarrolló en los tres siglos de presencia española y continuó en la etapa de la independencia, cuando la libertad americana fue la bandera común por la que combatieron nuestros próceres.

       Esos vínculos de identidad, que hacen de Nuestra América una gran nación subdividida en numerosos Estados, nos obligan a asumir y celebrar como propios los grandes fastos nacionales de cada uno de nuestros países.
       Infelizmente, los pueblos hispanoamericanos hemos ido olvidando la herencia común, descuidando los signos de identidad que nos vinculan y asumiendo una visión estrecha del ser nacional, que limita nuestro horizonte de futuro y oscurece la perspectiva de la Patria Grande, esa que soñaron en su destierro los jesuitas americanos del extrañamiento, esa por la que abogaron, en diversos foros, hombres como Nariño y Espejo, Mejía y Olmedo, Fray Servando Teresa de Mier y el Padre Juan Pablo Vizcardo y Guzmán. Patria común que fue la misma por la que lucharon Hidalgo y Morelos, Bolívar y San Martín, Sucre y Lamar, O`Higgins y Rocafuerte. Patria mayor que finalmente fuera bautizada por Martí con el significativo nombre de “Nuestra América”.
Empero, hay ocasiones que nos convocan a rememorar los grandes hechos comunes y a reflexionar sobre nuestra propia historia, Una de ellas es este luminoso bicentenario del nacimiento de Benito Juárez, el hombre que con su lucha contribuyó a frenar la ola neocolonialista europea que había empezado a volcarse sobre Nuestra América y que amenazaba con liquidar nuestra independencia nacional.
       En aquel momento, a mediados del siglo XIX, nuestros Estados nacionales aún estaban esforzándose por delimitar sus perfiles físicos. Políticos y culturales, porque, dicha sea la verdad, esos perfiles nacionales aún se encontraban inacabados e indefinidos, precisamente porque nuestras sociedades todavía se hallaban en el duro tránsito entre la colonia y la república. Como parte de esa circunstancia histórica, al interior de nuestros países todavía existían unos sorprendentes “espacios de indefinición política” y unos de los principales era el referido al sistema de gobierno.
       Aunque todos los países hispanoamericanos se habían inclinado por el sistema republicano, todavía existían al interior de Nuestra América fuerzas sociales que desconfiaban de su propio país, oligarquías que añoraban la dominación extranjera y preferían la instauración de un nuevo colonialismo antes que permitir una democratización de la vida social y una disminución de sus privilegios. Esas fuerzas se expresaban políticamente por medios de los nacientes partidos conservadores que, en algunos países, abanderizaron abiertamente la causa de la restauración monárquica.
       En Perú, según los estudios de Raúl Porras Barrenechea, esa diputa acerca de “la forma de gobierno más conveniente” comenzó ya en 1822,cuando el cura Moreno y Bernardo de Monteagudo, ministro del Gobierno de San Martín, sostuvieron que el modelo republicano no se ajustaba a las realidades del país. Obviamente ello provocó la reacción de los algunos patriotas de avanzada, como José Faustino Sánchez Carrión, que dio a luz un brillante alegato acusatorio contra el sistema monárquico de gobierno.

También hubo nostálgicos del sistema monárquico en la Gran Colombia, asunto que preocupó seriamente  al gobierno británico, puesto que en esos mismos días negociaba con el gobierno de Bolívar el reconocimiento oficial a la independencia colombiana. Según afirmaba la correspondencia oficial inglesa, “a oídos… del Gobierno (británico) ha llegado la especie de que existen (en el área grancolombiana) poderosos partidarios del sistema anterior”.
       Por su parte, los conservadores mesoamericanos impulsaron el Imperio Mexicano del general Iturbide y, tras fracasar en este intento, convocaron décadas más tarde el entronizamiento de Maximiliano de Habsburgo, en contubernio con el gobierno francés del emperador Napoleón  III, provocando con ello una terrible guerra civil que estremeció a todo el continente y culminó con el fusilamiento de Maximiliano y los jefes conservadores, tras ser derrotados por las fuerzas del presidente Benito Juárez.
 De similar proyección, aunque poco difundido por la historia, fue el proyecto de restauración monárquica en el área andina, que paradójica-mente fue concebido por dos antiguos jefes militares de la independencia, convertidos luego en caudillos de la causa conservadora en sus respectivos países. El cerebro gris de esa conspiración anti-nacional fue el general Juan José Flores, jefe militar venezolano afincado en el Ecuador (gracias a su matrimonio con doña Josefina Jijón y Vivanco, una de las más ricas herederas terratenientes del país), y quien entonces ejercía la presidencia de la República del Ecuador. Y su socio de aventura fue el mariscal Andrés Santa Cruz, afamado jefe militar peruano, que en 1822 lidera a las tropas peruanas que combatieron en la batalla del Pichincha y que en ese momento se hallaba exiliado en el Ecuador, tras el fracaso de su proyecto de Confederación Peruano-Boliviana, desbaratado militarmente por Chile.
 Todos los indicios demuestran que el proyecto monárquico para el área andina nació en la mente del general Flores luego del reconocimiento español a la independencia del Ecuador y la llegada a Quito del primer Encargado de Negocios de España, Luis de potestad, a mediados de 1842. La enipatía que surgió entre estos dos personajes, Flores y Potestad, fue el punto de partida de una gran amistad personal y complicidad política, que el audaz Flores utilizó para transmitir al gobierno de Madrid sus ambiciosos planes político-militares.
       Anotemos previamente que flores había ascendido al mando del naciente Ecuador tras el oscuro asesinato del mariscal Antonio José de Sucre, el libertador militar del Ecuador, el más impoluto y progresista de los generales de Colombia y quien era visto por el pueblo como su futuro gobernante. Y agreguemos que Flores, durante su mandato como Jefe Superior del Distrito Sur de Colombia y luego durante su Presidencia del Ecuador, se había ocupado en acumular una formidable fortuna personal por medios ilícitos. Baste puntualizar que su famosa hacienda “La Elvira”, que iba desde los páramos andinos hasta la llanura litoral, había sido formada mediante el despojo de tierras a comunidades indígenas y otros propietarios privados.

    Ese era, a grandes rasgos el personaje que ahora buscaba el respaldo español para sus planes proditorios, que incluían: una ampliación de su mandato a diez años, con posibilidad de ser reelecto para otros diez años más, y una campaña militar “para pacificar el Perú y agregarlo al Ecuador, para lo que contaba con Bolivia para formar una potencia que tuviera la preponderancia en aquella parte de América” A fin de llevar a cabo su proyecto, Flores manifestó a España que necesitaría apoyo moral alguna fuerza marítima”,aunque fuese “de un   par de buques de guerra”, y que prefería que este apoyo se lo diese España antes que Inglaterra o Francia, países que ya le haban ofrecido ayuda para sus empresas, aunque siempre con el objetivo de lograr concesiones y beneficios del gobierno del Ecuador, pero los planes de Flores no se limitaban a un proyecto imperialista sobre el área andina, sino que tenían un claro componente neocolonial, como quedó demostrado cuando manifestó a Potestad lo siguiente:

       “Diga a su gobierno que mi anhelo es que España recupere en este país todo su antiguo prestigio; que puede disponer de mi para todo cuanto quiera; que mis desvelos se dirigen a dar la paz a estos pueblos y que quisiera deber esta gloria a la cooperación de España. Que en prueba de ello le propongo consulte y me manifieste por medio de usted la forma de gobierno que le sería más grato ver establecida en este país: Yo me comprometo a ello, así como a hacer una alianza con España…”
  
       Finalmente, a fines de 1842, Flores redondeó un pedido de apoyo al gobierno español para su plan geopolítico, a partir de las siguientes propuestas:

       Primera.- “Establecer una, o dos monarquías, de las Repúblicas del Ecuador y del Perú, regidas por Príncipes de la Familia Real de España, y en su ausencia por una regencia”, que obviamente debía presidir el mismo Flores.
       La ejecución de este proyecto requería de la previa suscrición de un tratado de alianza ofensiva y defensiva entre España y el Ecuador, el que aseguraría a España la posesión  de las islas Filipinas, el uso del astillero de Guayaquil y el establecimiento de una estación marítima española en el Pacífico –seguramente en las Islas Galápagos-para proteger al comercio español y a los españoles en el área.
       Al amparo de dicho tratado, el gobierno español debía colocar en el Pacífico Sur una fragata y una Roberta de guerra, para ayudar a la ocupación del Perú por las tropas ecuatorianas. Si las fuerzas de su aliado, el mariscal Andrés Santa Cruz, iniciasen operaciones en Bolivia, esas naves debían impedir una operación militar chilena en su contra, y una vez establecido un nuevo gobierno en Bolivia, este país debía unirse territorialmente al Perú.
       Segunda.- Si el gobierno español no desease apoyar este proyecto, se le proponía que al menos protegiese la ocupación militar del Perú, pero ya no para montar una monarquía sino para obligarle a ese país a pagar la deuda que mantenía con España y a devolver bienes incautados a súbditos españoles.
       Tercera.- Si España no quisiese apoyar el proyecto de ocupación militar del Perú, se le proponía estrechar lazos con el Ecuador mediante un tratado de alianza militar, lo que le permitiría acceder a los recursos ecuatorianos y al uso del astillero de Guayaquil para proteger a las Filipinas, a cambio de garantizar al Ecuador el envío de una corbeta de guerra para defender el golfo de Guayaquil, cada vez que fuera necesario.
       Este proyecto neocolonialista se frustró finalmente, tanto por el fracaso de la expedición militar emprendida por Santa Cruz hacia Bolivia, en septiembre de 1843, como por el éxito que alcanzó en Ecuador la revolución nacionalista del Seis de marzo de 1845, que lideraron los liberales de Guayaquil, bajo el liderazgo del doctor José Joaquín Olmedo, el libertador civil del Ecuador, revolución que puso fin a tres lustros de desgobierno floreano.
Más ello no amilanó al audaz general Flores, quien, hallándose privado de su satrapía y exiliado en Europa, encabezó un nuevo intento de reconquista colonial del Ecuador y los países andinos, contando con la activa complicidad de la regencia española. Para la ejecución de ese nuevo plan, fueron comprados varios barcos en Inglaterra y empezó una recluta de mercenarios españoles e irlandeses, que debía llegar hasta el número de 4.000 hombres.
       Ese plan fue descubierto en octubre de 1846 por un agente diplomático boliviano en Europa, el doctor José María Linares, quien alertó a su gobierno sobre esos siniestros proyectos neocolonialistas, que parecían enfilados contra Ecuador, Perú, Bolivia y la Nueva Granada, pero que, en última instancia, amenazaban la independencia de todos los países sudamericanos. La notable actividad del doctor Linares y de otros agentes diplomáticos latinoamericanos acreditados en Europa, permitió descubrir toda la trama del proyecto y seguir paso a paso las actividades filibusteros de Flores. Y ello determinó una rápida acción de repuestas por parte de los gobiernos sudamericanos, entre los cuales se destacó el Perú, que tomó medidas defensivas urgentes, tales como la prohibición de entrada a su territorio de buques, mercaderías y súbditos españoles, y el embargo de bienes y propiedades españolas en el Perú.

       Empero, lo más importante de todo fue la ofensiva diplomática que inició la cancillería de Torre Tagle, mediante dos circulares dirigidas a los gobiernos americanos el 9 de noviembre de 1846. La primera les informaba de las maquinaciones floreano-españolas, denunciaba la amenaza de agresión colonialista y los llamaba a constituir un frente común para la defensa de la soberanía nacional. Y la segunda convocaba a todos los países del continente a un Congreso Americano, destinado a definir políticas de defensa común y medidas de auxilio mutuo en caso de agresión extranjera. De este modo, la firme actitud nacionalista del Perú convocó  la solidaridad continental para con el amenazado Ecuador y contribuyó decisivamente a frustrar la expedición filibustero del general Flores y la monarquía española.
       Si bien esto demuestra los progresos que iba logrando la solidaridad latinoamericana, no deja de revelar lo inacabadas que todavía estaban, en nuestras sociedades, la identidad nacional y la conciencia republicana, al punto que algunos de los mismos jefes militares de la independencia andaban conspirando contra ella a los pocos años de haber sido conquistada.
       LA IGLESIA FRENTE AL SITEMA REPUBLICANO

Una breve mirada al panorama de las ideas políticas prevalecientes entonces en América Latina revela el carácter indefinido o contradictorio que tenían las mismas ideas de “patria”, “nación” y “nacionalidad” y el primer elemento que contribuía a esa indefinición era la falta de unidad respecto de la idea previa de “soberanía”. Al respecto, los conservadores latinoamericanos, siguiendo a sus obispos, que en su mayoría eran europeos, y a los ultra conservadores papas de la época, seguían sosteniendo que toda soberanía provenía del poder divino, por lo que criticaban abiertamente las ideas de soberanía popular, que constituían la piedra angular sobre la que se asentaba el sistema político de estas nuevas repúblicas.
Sirva como ejemplo de ese pensamiento anti republicano la encíclica “Humanus”, emitida por el papa Pío IX a fines del siglo XIX, en la que se excitaba a los prelados-en especial a los de la América Latina- a combatir los principios liberales que sustentaban a las repúblicas del continente: soberanía popular, gobierno electivo, igualdad  de derechos entre los ciudadanos etc., los cuales debían ser mostrados como un producto perverso, un “veneno” que circula en las venas de la sociedad”.
       En obediente acatamiento de ella, el Obispo de Manabí, Pedro Schumacher, un antiguo oficial del ejército prusiano, redactó un catecismo político destinado a ser usado por la Iglesia Católica ecuatoriana como “texto de enseñanza moral para la juventud de ambos sexos”.En esta obra, publicada en Quito por la imprenta del Clero, en la penúltima década del siglo XIX, exponía el combativo obispo que había redactado su obra “a fin de señalar los errores que propaga el liberalismo asociado con la secta masónica, y ofreciendo argumentos y razones para confundir y rechazarlos”. A continuación enfilaba su ataque contra la Orden Masónica, diciendo:
 “Se ha levantado una secta atrevida y astuta que con el nombre de “liberal” pretende negar y atacar la soberanía de Dios, y proclama la del hombre en su lugar…Dios, como Legislador Supremo, es la norma de todas las leyes humanas. Contra ese supremo dominio de Dios se alza la secta liberal y protesta, sosteniendo que la ley no es otra cosa que la expresión solemne de la voluntad de los pueblos. Según esta doctrina nueva, será ley lo que el hombre mande, sea esto conforme o no con la voluntad de Dios.
       No es extraño que los pretendidos “Derechos del hombre”, apoyados en tan impío fundamento, hayan atribuido al hombre el derecho de manifestar y enseñar de viva voz o por la imprenta, todos los errores y todas las impiedades, sin tomar en cuenta la autoridad de Dios y de su Iglesia”.

 De modo similar, en la Encíclica del papa León XII sobre la Masonería, se acusaba a esta organización de ser la promotora de las perniciosas” ideas políticas liberales y republicanas:
         
       “Tratan los francmasones-decía la encíclica-… de destruir de raíz toda la disciplina religiosa y social que ha nacido de las instituciones cristianas, y de sustituirlas con otra nueva, adaptada sus ideas, y cuyos principios y leyes fundamentales están sacadas del naturalismo…
       (En cuanto a) los dogmas de la ciencia política, véase cuales son en este punto las tesis de los naturalistas: los hombres son iguales en derechos; todos y en todos conceptos, son de igual condición. Siendo todos libres por naturaleza, ninguno de ellos tiene derecho de mandar a sus semejantes, y es hacer violencia a los hombres querer someterlos a cualquiera autoridad, a menos que tal autoridad no proceda  de ellos mismos. Todo poder está en el pueblo libre; los que ejercen el mando sólo le tienen por mandato o concesión del pueblo, y esos de modo que si cambia la voluntad popular, hay que despojar de su autoridad a los jefes del Estado, aun a despecho de ellos…”

       La sola lectura de estos párrafos muestra un pensamiento papal anclado en el pasado monárquico y en la teoría del poder de derecho divino, que se horrorizaba ante las ideas de soberanía popular e igualdad jurídica entre las personas. Así, pues, no es de extrañar que la Iglesia ecuatoriana y latinoamericana, inspirada por tan oscurantistas posiciones, resistiera durante todo el siglo XIX a las ideas básicas del sistema republicano.

       “GARCIANISMO” Y LUCHAS POR LA SOBERANIA NACIONAL

       En el Ecuador, una nueva expresión de esa resistencia clerical-conservadora al sistema democrático, consagrado por la República, fue el régimen de Gabriel García Moreno, que se extendió entre 1860 y 1875, es decir, casi paralelamente al desarrollo del régimen juarista en México, pero con signo totalmente contrario a éste.
       En el Ecuador, el primer medio siglo de vida independiente había estado marcado por la pervivencia de la vieja estructura social de la colonia, que no solo había se mantenido incólume, sino que además se había fortalecido a la sombra del poder republicano. En ese periodo, que los historiadores de hoy solemos calificar como “post-colonial”, las haciendas habían crecido a costa de las tierras indígenas o los baldíos del Estado y seguían existiendo lacras coloniales tales como la esclavitud de los negros y servidumbres de los indios.
El único intento por reformar esa estructura postcolonial lo hicieron dos gobernantes liberales, surgidos de la Revolución de Seis de Marzo de 1845: los generales José María Urbina y Francisco Robles. El primero, decretó la supresión del tributo de indios. Y bastó ese intento de reforma para que todas las oligarquías regionales se alzaran contra el gobierno central y se lanzaran a una guerra civil que casi produjo la extinción  del Ecuador. Finalmente, el  país fue unificado bajo el liderazgo del líder conservador Gabriel García Moreno, quien gobernó al país con mano de hierro, por el lapso de quince años.
       Sin duda, el Gran Tirano tuvo grandes méritos de estadistas. Administró el país con sentido nacional y con una inmaculada honradez, ejecutó grandes obras públicas y disciplinó a la milicia, pero, a cambio suprimió las libertades públicas, persiguió con saña a todo opositor y fusiló a sus enemigos sin fórmulas de juicio. Lo que es peor: pensando de modo similar a los conservadores mexicanos, estuvo convencido de que su país no se hallaba capacitado para la vida independiente y que requería de la tutela colonialista de una potencia extranjera. De ahí sus famosas cartas al ministro francés Trinité, pidiendo un protectorado galo para el Ecuador. Con ellas, García Moreno reveló que lo inspiraba una vocación colonial similar a la del general Juan José Flores, a quien él había recogido del ostracismo y convertido en asesor político y General en Jefe del Ejército.
       No debe extrañarnos, pues, que García Moreno haya sido el único gobernante latinoamericano que apoyó las intervenciones militares europeas contra América Latina. Así, primero apoyó la invasión de México por Francia, España e Inglaterra, que buscaban cobrar por la fuerza la deuda externa; luego apoyó por lo bajo el intento español de reconquistar Perú y Chile, aunque finalmente dio marcha atrás en esto, y más tarde apoyó la intervención francesa en México y la causa del emperador Maximiliano de Habsburgo, derrotado finalmente por Juárez y los patriotas mexicanos.
       Obviamente, los ecuatorianos de pensamiento libre se colocaron en la orilla opuesta a la del gobernante conservador. Liderados por el gran líder republicano Pedro Carbo y el Concejo Municipal de Guayaquil, resistieron sistemáticamente a esas acciones neocolonialistas de García Moreno, proclamando por todos los medios sus defensas de la soberanía republicana y sus apoyo a Juárez y a los patriotas mexicanos, así como su respaldo a la lucha de Perú y Chile contra la agresión española. Es más, un buen número de nacionalistas ecuatorianos, en su mayoría guayaquileños, marcharon al Perú y combatieron contra la flota española, en la batalla del 2 de mayo de 1862, en la línea de defensa del puerto de El Callao, jugándose la vida por la soberanía nacional hispanoamericana, del mismo modo que Juárez y sus seguidores lo harían poco después en México, frente a las bayotenas de las fuerzas intervencionistas francesas.
       Enfrentados a ese horizonte de luchas comunes y sueños compartidos, los liberales ecuatorianos vieron en la lucha de Juárez y los liberales mexicanos un esfuerzo republicano similar al suyo propio y un ejemplo moral y político a seguir. Así se entiende que Eloy Alfaro y los demás líderes de la Revolución Liberal ecuatoriana de 1895, hayan hecho suyo el programa de reformas ejecutado por Juárez y los liberales mexicanos a partir de 1859, El eje central de esa reforma fue la separación del Estado y la Iglesia, y para lograrlo se dictaron leyes sobre matrimonio civil y registro civil; se nacionalizaron los panteones y cementerios y se decretó la nacionalización de los bienes eclesiásticos.


       LA SIGNIFICACION HISTÔRICA DE JUAREZ

       Mirada en perspectiva continental, la lucha de Juárez no estuvo aislada, sino que formó parte de un movimiento mayor, de alcance continental, enrumbado al afianzamiento de los Estados nacionales surgidos de la independencia y al asentamiento definitivo del modelo republicano de gobierno.
       Es en este contexto que debe entenderse la acción patriótica de Juárez, uno de los próceres más notables de Nuestra América, quién manifestó al respecto:

       “Espero que prefiráis todo género de infortunios y de desastres al vilipendio y al oprobio de perder la independencia o de consentir que extraños vengan a arrebatar vuestras instituciones y a intervenir en vuestro régimen interior”

       Esa defensa del ser nacional fue una lección para todo el continente. Así lo entendió el egregio José Martí, apóstol de la independencia de Cuba, quién dedicó algunas notables páginas de elogio a Benito Juárez y a su lucha contra la injusticia y por la defensa de la independencia nacional. Tras la muerte de Juárez y a sus lucha contra la injusticia y por la defensa de la independencia nacional. Tras la muerte de Juárez, ocurrida el 18 de julio de 1872, escribió Martí: “Fue el indio egregio y soberano, un hombre de esos que está sentado perpetuamente a los ojos de los hombres al lado de Bolívar”. Y agregó: “Fue el indio Benito Juárez, que echó un imperio al mar, y supo desafiar la pobreza con honor, y reconquistó y aseguró la independencia de su tierra!”.
       Pero la vida de Juárez no se redujo a comandar esa gran lucha, con todo lo que ésta tuvo de heroica. Fue en todo momento y circunstancia un ejemplo de acerada voluntad de progreso, pues este indígena zapoteca, que de niño fuera pastor de oveja, desafió todos los obstáculos sociales y culturales para escalar las más altas cumbres del pensamiento y convertirse en paladín de su patria amenazada y de toda la nación latinoamericana. Por eso, este hijo del pueblo mexicano tenía plena conciencia de los problemas sociales existentes y afirmaba: “Soy hijo del pueblo y no lo olvidaré: sostendré sus derechos, cuidaré que se ilustre, se engrandezca, se cree un porvenir y abandone la carrera del desorden, de los vicios, de la miseria”.
y es que había sentido por sí mismo, según dijo, “que los ricos y poderosos ni sienten, ni menos procuran remediar las desgracias de los pobres”.

       De ahí que muchos países del área honraran su hazaña y loaran su figura, siendo probablemente el más notable honor el título de “Benemérito de las América”, que le otorgara el Congreso de la República Dominicana.
       Aunque lideró una guerra para defender a su nación, Juárez fue un estadista luminoso y un masón de alma pura, enamorado de la paz y la convivencia fraternal entre los hombres. Y todas sus reflexiones sobre el origen de los conflictos sociales y las guerras entre países, las condensó en una frase que es todo un apotegma del derecho internacional: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
       En fin, Juárez también se ocupó de combatir la corrupción administrativa, sentando principios éticos que normaran la acción de los empleados del Estado. Escribió al respecto:

       “Los funcionarios públicos no pueden disponer de las rentas sin responsabilidad. No pueden gobernar a impulsos de una voluntad caprichosa, sino con sujeción a las leyes. No pueden improvisar fortunas, ni entregarse al ocio y a la disipación, sino consagrarse asiduamente al trabajo, disponiéndose a vivir en la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley les señala.”

       Todo lo dicho explica que hoy, cuando se celebran los doscientos años del nacimiento de Juárez, esta reunión, celebrada en la I. Municipalidad de Guayaquil, tenga un significado extraordinario, cual es el rescate de los vínculos históricos de Guayaquil y el Ecuador con México, que comenzaran con la acción de Vicente Rocafuerte como embajador mexicano en Londres, en los días de la independencia, y continuaran con el respaldo de los liberales guayaquileños a las luchas de Juárez y los patriotas mexicanos.

       ¡Loor a Benito Juárez, prócer mayor de Nuestra América!
       ¡Y loor a Guayaquil, cuna de libertades públicas!



1 comentarios:

Anónimo dijo...

Magnífico artículo.

Publicar un comentario

Ir Arriba